La chapuza nacional

Ágora UCM Senior

 

El comentario provocador

 

 

La chapuza nacional

 

 

Últimamente, no son pocos los casos y los personajes que, por inmoralidad o irresponsabilidad, están consiguiendo devolvernos el sambenito nacional de “chapuceros”; ese que tanto nos había costado quitarnos. Ejemplos recurrentes nos inundan, ya sea en el terreno económico, en comportamientos éticos o en la gestión de la salud pública, como está ocurriendo con el brote de ébola en España.

 

En el país inventor-productor de pícaros, evolucionados en pícaros-golfos y más tarde en golfos-delincuentes; en un país tan indolente, en el que no pasa más de lo que podría pasar porque algún ángel de la guarda o el destino no quiere y nos protege; en un país por el que campean (o han campeado) muchos doctores Jekyl y muchos señores Hide haciendo de las suyas con “tarjetas opacas”, saqueo de las arcas públicas y fondos ocultos en el extranjero; en un país con dirigentes más preocupados de “lo suyo” que del interés general, y un exceso de ególatras codiciosos y mamarrachos; en un país así, como España, normalmente no pasa nada. ¡Hasta que pasa! Y cuando pasa, entonces, se monta la marimorena. Eso sí, una marimorena muy particular, a la española.

 

Simplificando, aunque sea de forma grosera, sólo en esas situaciones de gran shock social, que de vez en cuando nos sacuden, reaccionamos algo. Entonces, quienes han sido espectadores pasivos, salen del letargo, indolencia o pasotismo y, a modo de desahogo, se declaran dispuestos a incendiar el mundo y no dejar títere sin cabeza…, hasta que la fuerza se va por la boca. Otros, concernidos por la responsabilidad que pudiera derivarse de su actuación negligente, si ven peligrar su encumbramiento, no les preocupa tanto la verdad y el atajar el problema como el negar su posible responsabilidad, descargándola en otros.

 

Si no fuera por lo dramático de la situación, en el caso del ébola que estamos viviendo estos días, con vidas en juego y riesgos con consecuencias no evaluables hasta ahora, no pasaría de ser un sainete español más de los muchos que acontecen.

 

Sin embargo, es evidente que el brote epidémico de ébola en nuestro país, sin alarmismos, es para estar preocupados. Muy preocupados de cómo se ha gestionado hasta ahora.

 

Se podrá estar de acuerdo o no con la decisión de si había que repatriar al primer misionero español contagiado, por cuestiones humanitarias, y luego al segundo. Pero lo mínimo exigible, por quiénes tomaron la decisión, es que se hiciera una gestión adecuada al nivel del riesgo que se contraía (traer el ébola a nuestro continente sabiendo que no hay vacuna para ese virus).

 

Y, desde luego, no se ha estado a la altura que las circunstancias exigían. Tras convertir el traslado y manejo de unos paciente de altísimo riesgo como si fuera un circo propagandístico (parecía que íbamos a exportar al resto de países la tecnología en el manejo y traslado de pacientes de ébola), hemos pasado, semanas más tarde, a la diseminación del problema con los consiguientes riesgos y consecuencias. Mucha improvisación y mucha incapacidad de los gestores.

 

Ahora, no es el momento de favorecer especulaciones ni alentar alarmismos o miedos gratuito que, en la mayoría de los casos, se propagan por falta de información. Es el momento de la cordura, de exigir la máxima transparencia e información y de dejar trabajar a los expertos y profesionales, dotándoles, eso sí, de todos los medios humanos y materiales necesarios.

 

Siendo de agradecer que quienes tienen que ejercer el liderazgo en la gestión del problema dejen de dar el espectáculo, como el que han venido dando. Las zafias y penosas palabras del Consejero de Sanidad de la CAM hacia la auxiliar de enfermería contagiada (como si fuera la culpable en lugar de la víctima); o el espectáculo de la Ministra de Sanidad en la rueda de prensa inicial (tras la confirmación de primer contagio) dando la impresión de que no se enteraba de nada y dedicándose a pasar la palabra a unos y otros y echar balones fuera, no deben volver a ocurrir.

 

No obstante, alguna reflexión sí convendría hacer. Habría que analizar si los factores de riesgo que han podido iniciar la causa del desastre han tenido que ver con la improvisación, la falta de recursos necesarios y unos protocolos inadecuados.

 

Por ejemplo, algo puede tener que ver que el Hospital que era Centro de Referencia de enfermedades infecciosas (el Carlos III en Madrid) se desmantelara por los recortes (en esa obsesión de austeridad/ recortes/ privatización), diseminando a su personal especializado. Recurriendo ahora a personal menos entrenado e instalaciones inadecuadas.

 

Algo puede tener que ver la laxitud (o ineptitud) en no poner los medios y controles adecuados para evitar el fallo humano (¿austeridad e incompetencia?). Parece mentira que no hubiera una persona vigilando y que no se grabaran los cambios del traje especial en el personal que atendía a los misioneros infectados por ébola. Por no hablar de toda la cadena de errores en la subsiguiente gestión de este asunto.

 

Sobra propaganda y zafiedad y hace falta más eficacia . Eficacia que pasa por poner los medios adecuados a disposición de los profesionales, el máximo de transparencia y el máximo de información veraz para devolver la tranquilidad a los ciudadanos.

 

Es exigible, tras el desconcierto informativo que hemos vivido, que las políticas de comunicación de las Administraciones Públicas hacia los ciudadanos, cuando suceden hechos de este calibre, sean desde el origen coherentes, fiables y transparentes.

 

Hay un hartazgo generalizado de ver que, una vez tras otra –recordemos los casos de las vacas locas, la gripe aviar, el Prestige, etc.- las informaciones oficiales en el periodo inicial solamente tratan de minimizar el problema y desviar la responsabilidad. Esta forma de proceder lo único que consigue (a la vista están los resultados en los casos comentados), es sembrar más la alarma y la desconfianza en la ciudadanía, a la vez que se pierde un tiempo precioso en lo que debería de ser la prioridad: la toma inicial de las decisiones adecuadas, y que en muchas ocasiones suele ser irrecuperable (caso del Prestige). De poco vale crear tarde un comité de crisis, para frenar la crisis generada por los mismos que luego crean ese comité.

 

Riesgo cero no existe. El fallo humano existe. Lo que no debería existir es la irresponsabilidad de quienes no ponen medios para evitar ese error humano.

 

Por último, tampoco estaría de más que pensáramos a qué nos conduce esa actitud egoísta de encerrarnos en nuestra burbuja, frente a los problemas como el de la pobreza, la desigualdad o el ébola, que nos lleva a pensar que el problema es de “otros”.

 

Y, en ese sentido, cabría reflexionar sobre las consecuencias de no preocuparse de lo que les ocurre a esos “otros” y ante problemas como la pobreza, el hambre, la guerra, o como el ébola, no dedicando los medios y recursos adecuados en origen para atajarlo.

 

Por cierto, ¿por qué no se han llevado los enfermos de ébola a la sanidad privada?

 

 

 

 

 

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